Programa Nº 40 Especial Final de Temporada 2016-17 (último programa)

Ya está disponible el Programa Nº 40 Especial Final de Temporada 2016-17 (último programa), (duración total 3:23:04).

Despedida: “Saludamos al rival, aplaudimos al público y nos vamos a los vestuarios. Apagamos las luces del estadio y cerramos los portones. Más de tres años y dos alineaciones distintas. Empezamos en una casa en Oviedo y seguimos desperdigados por el mapa. Nos reímos, viajamos, supimos del campo y de la grada. Lo que nos faltó de fineza lo suplimos con honestidad y entrega de jugador voluntarioso. Cuando empezamos, dejamos escrito que el fútbol solo se materializaba en presencia de los aficionados. Para nosotros es lo mismo: existimos en quien nos escucha. A este y al otro lado del mar que se han puesto nuestra misma camiseta. Adiós y gracias ahora. No es que se nos hayan acabado las historias, es que no tenemos tiempo para contarlas todas.”

Programa Nº 40

Si tenéis interés en escucharlo no dudéis en pulsar sobre el siguiente enlace;

https://llenohastalabandera.com/2017/07/14/programa-no-40-especial-final-de-temporada-2016-17-ultimo-programa/

Los temas tratados en este programa/tertulia Nº 40 Especial Final de Temporada 2016-17 (último programa) de “Lleno hasta la bandera” son;

-”Análisis de Primera División, Copa y Competiciones Europeas”, comentado por Esbilla. (Comienza en el minuto 15:05 del programa).

-”Análisis de Segunda División, Segunda División B y Tercera División”, comentado por Juanchi. (Comienza en el minuto 1:23:44 del programa).

-”Resumen de la temporada en el mundo de las gradas”, comentado por Nele. (Comienza en el minuto 2:06:40 del programa).

-”Resumen de las ligas europeas”, comentado por Pentayus. (Comienza en el minuto 2:51:26 del programa).

Tema musical de despedida del programa nº 40 Especial Final de Temporada 2016-17 (último programa); “Goodbye Upton Park” por Cockney Rejects. (Comienza en el minuto 3:18:52 del programa).

 

Curva Nord Massimo Cioffi, Ultras Sambenedettese

Club: S.S. SAMBENEDETTESE

Ciudad: SAN BENEDETTO DEL TRONTO (San Benedetto del Tronto) (48.030 habitantes).

Provincia: ASCOLI PICENO (Ascoli Piceno) (214.132 habitantes).

Región: MARCHE (Marcas) (1.546.155 habitantes).

La localidad de San Benedetto del Tronto pertenece (de mayor a menor) a la región de Las Marcas, a la provincia de Ascoli Piceno y al distrito de San Benedetto del Tronto. Famosa en la ciudad es la abadía de San Benedetto mártir, patrón de la ciudad (soldado romano muerto por no renunciar a su fe cristiana).

San Bendetto del Tronto es una de las mayores ciudades italianas sobre la costa del Adriático, actualmente es un importante núcleo turístico con una inmensa playa de arena fina que atrae cada año a dos millones de turistas. Además es uno de los más importantes puertos pesqueros en la zona central de Italia.

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Es una ciudad con una actividad comercial intensa, su vida está íntimamente ligada al mundo de la pesca, estando gran parte de sus habitantes adscritos a este gremio. Asimismo dispone de varios museos relacionados con dicho mundo.

Desde San Bendetto del Tronto es fácil moverse hacia los Apeninos centrales, la cadena montañosa que recorre esta parte de Italia en paralelo a la costa adriática, famosas son sus zonas de humedales y las suaves colinas del interior, asimismo, alrededor de la ciudad se encuentran diversos pueblos medievales.

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San Benedetto del Tronto tiene un comprensorio que se extiende más allá de los límites comunales y engloba otros varios municipios: Grottammare, Cupra Marittima, Monteprandone, Acquaviva Picena, o Martinsicuro y Colonnella (estas dos en la vecina provincia de Teramo, en los Abruzos); en toda está área metropolitana, la población asciende a más de 100.000 habitantes.

La Società Sportiva Sambenedettese es el club de fútbol representante de la ciudad de San Benedetto del Tronto (provincia de Ascoli Piceno), en la región de Las Marcas. Fue fundado en 1923 y refundado varias veces. Actualmente juega en la Lega Pro, la tercera liga de fútbol más importante del país.

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Como señalamos, fue refundado en varias ocasiones con la siguiente cronología: nació el 4 de abril de 1923 con el nombre de Unione Sportiva Sambenedettese, como resultado de la fusión de tres equipos locales: Fortitudo, Serenissima y Forza e Coraggio.

Más tarde se verían varios nuevos nacimientos: en 1994 como Sambenedettese Calcio 1923; en el 2006 como Società Sportiva Sambenedettese Calcio; en el 2009 como Unione Sportiva Sambenedettese 1923, y en el 2013 como A.S.D. Sambenedettese Calcio.

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Nunca ha jugado en la Serie A, ya que la más alta categoría en la que ha jugado es la Serie B, en la cual no juega desde 1989. En total ha participado en 21 campeonatos de Serie B.

San Benedetto del Tronto, una ciudad de unos 50.000 habitantes, con una asistencia media como locales que rivaliza con muchos equipos de categorías superiores, es la envidia de muchos. La tifosería de la Samb es reconocida en toda Italia como muy fiel a su equipo y su ciudad. Cierto es también que se ve favorecida por su ubicación geográfica, que ve de lejos a los grandes equipos del Norte o del Centro.

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La historia de la fiebre del tifo de la Sambenedettese tiene raíces profundas. El primer resplandor de grupos organizados vio la luz en la primera mitad de los años 70; en ese momento algunos jóvenes decidieron ubicarse en el Sector Distinti del viejo estadio Ballarin agitando banderas y realizando cánticos espontáneos que incitaban al resto de la hinchada.

A mediados de la década la organización de los pioneros ultras rossoblù se hizo más constante, cuando el grupo encabezado por Massimo “Cioffi“, Bruni, Palesca y Ricci, trasladados a la nueva Curva, deciden crear un nuevo colectivo con un marcado carácter basado en el fenómeno de los grupos ultras italianos de la época: era 1977 y nacía el grupo Onda d’Urto.

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Un nombre totalmente apolítico, a diferencia de los elegidos por la mayoría de los grupos ultras nacidos en esos años, que se refiere específicamente a la fuerza del mar. En su singularidad, identificaría en los años sucesivos a todos los ultras de la Sud del viejo estadio Ballarin de San Benedetto.

Los años 80 comenzaron con un evento dramático: en 1981, durante la disputa de un partido por el ascenso a la Serie B, parte del campo se incendió. Dos vidas costó el inesperado incidente y los dos siguientes campeonatos, a pesar de la alegría por el ascenso conseguido, el movimiento ultra de la ciudad sufrió las consecuencias de la tragedia, incluso en términos de asistencia.

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Era difícil para los líderes de la Curva cerrar filas dentro de un grupo que amenazaba con disolverse. A pesar de esta dificultad, fue posible levantar la cabeza; los años 80 fueron, de hecho, finalmente, el mejor momento para los ultras rossoblù.

El equipo de Las Marcas acabó jugando ocho campeonatos consecutivos en la Serie B; los éxitos del conjunto en el campo, junto con la pasión por la Sambenedettese que desbordaba la ciudad marítima provocó una participación ciudadana masiva en apoyo de la escuadra local.

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Además, en aquellos años se produjo una excelente organización de la Curva en los partidos de casa, así como unos masivos desplazamientos, miles de militantes ultras rossoblù formaban parte de aquellas comitivas en apoyo de la escuadra de la Samb.

Nacieron en ese momento otros grupos que estarían/están activos durante décadas: los Baldi Giovani, de la vecina localidad de Porto d’Ascoli, y Nucleo (fundados ambos de 1989) fueron los más destacados. Otros, incluyendo la gloriosa Fossa Marinara y el Infierno Rossoblù, acabarían finalmente decidiendo integrarse en el grupo guía detrás de la pancarta que les identificaba con el “teschio alato” (la calavera alada).

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Fue esa también la época en que se elaboraron las famosas pancartas que ocupaban la Curva en su totalidad; la más famosa fue, sin duda, la que rezaba “Il Tempio del Tifo” (“El Templo de la Animación”), exhibida en esos años y que ha llegado con determinación hasta nuestros días. Esta frase ha terminado convirtiéndose en el nombre del fanzine producido por los ultras de la ciudad marchegiana. Y a día de hoy existe un mural con dicha frase en la cara que da a la calle de la Curva Nord del actual estadio Riviera.

Mientras tanto, durante esas temporadas doradas en la Serie B fue inaugurado el nuevo estadio Riviera delle Palme, más adecuado para la categoría, pero sin duda mucho más frío que la antigua planta del Ballarin.

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El final de la década coincidió con dos descensos consecutivos, lo que provocó que en el plazo de dos años el equipo acabase disputando la Serie C2. La llegada de un nuevo presidente resultó en una gestión económica desastrosa (1994).

A los fracasos en el campo, que ya habían traído gran desaliento a la Curva, se añadía la vergüenza del fracaso económico y posterior reinicio de la escuadra en la Eccellenza (la categoría regional).

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Los ultras de la Samb sufrieron un enorme desaliento, especialmente en los esperados jóvenes reclutas que debían realizar un cambio generacional indispensable dentro de la Curva. Por suerte para los rossoblù, algunos militantes se las arreglaron para encontrar fuerza y dar ​​continuidad al movimiento del tifo organizado en la ciudad.

La travesía por la categoría regional acabó reforzando a la “nueva” Curva y condujo rápidamente a un gran avivamiento de la fiebre por la Sambenedettese.

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A principios de la década de los 00 el equipo comenzó a disfrutar de diferentes ascensos de categoría lo cual condujo a una mayor participación popular en las labores de la Curva. La Serie C1 fue alcanzada en 2002, lo que contribuyó a consagrar la realidad de San Benedetto del Tronto como una de las plazas superiores del movimiento ultra de la Península Itálica.

A mediados de abril de 2006 se rompió por varias razones el Centro Coordinamento dei Tifosi Rossoblù (la federación que agrupaba a todos los clubes de apoyo a la Samb), hecho este que provocó una pequeña descoordinación que posteriormente sería solventada.

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Desde el 2003 al 2006 los socios del club estaban siempre alrededor de 1.600 carnets y en la 2005-06 la asistencia promedio se situó en 3.000 espectadores. Actualmente, la Curva Nord Massimo Cioffi (llamada así en honor de uno de los históricos líderes de la Onda d’Urto ya fallecido), sigue estando prácticamente llena en todos los partidos en casa de la Samb.

Asimismo, señalar que la mayoría de los tifosi de la Sambenedettese proceden de San Benedetto del Tronto y de los municipios del entorno.

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A lo largo de la costa del Adriático de la región de Las Marcas es notable también el número de hinchas rossoblù: desde Grottammare, que forma una sola aglomeración, pasando por Cupra Marittima, Pedaso, Porto San Giorgio, Porto Sant’Elpidio, Civitanova Marche y Porto Potenza.

En la provincia de Ascoli Piceno es seguido mayoritariamente en los municipios del Valle del Tronto: desde la vecina Monteprandone pasando por la poblada Centobuchi subiendo hasta Castel di Lama. Otros muchos vienen de la costa Adriática de la vecina región de los Abruzos, de la colindante Martinsicuro, o de Alba Adriatica o Tortoreto.

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Considerable es también los muchos seguidores y aficionados que siguen a la Sambenedettese en los partidos en el centro-norte de Italia, dado que existe una pequeña diáspora de ciudadanos sambenedettesi habitando estas zonas.

Actualmente el principal grupo ultra de la Sambenedettese son los Ultras Samb. Otros grupos, que estuvieron presentes en la Curva Nord y ahora están disueltos, a parte de la Onda d’Urto 1977 (el grupo principal por casi 30 años), fueron los Baldi Giovani, la Fossa Marinara, Inferno RossoblúGente FuriosaFedayn y el Nucleo.

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En el sector Distinti estuvieron expuestas durante varias temporadas las pancartas de Vecchio Fronte 88La Rocca, Distinti e Incazzati.

En el viejo estadio Ballarin estuvieron presentes otros grupos como Adlers Korps y los Red Blue Eagles. Como curiosidad señalar que la escuadra se presenta al público local con la melodía de la canción Go West de los Pet Shop Boys.

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Centrándonos en el capítulo de amistades, los ultras de la Samb mantienen dos históricos hermanamientos profundamente sentidos por todas las partes: con los ultras de la Civitanovese, nacido a principios de los años 80, y con los ultras del Rimini.

Asimismo, existe una importante relación de amistad con los ultras romanistas (especialmente con los grupos PGU, Ultras Primavalle, Fedayn y Boys).

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Otros amistades notables se mantienen con los los ultras del Sangiustese, los ultras del Avellino, los ultras del Taranto, los ultras del Chieti y los ultras del Campobasso. En el pasado los ultras rossoblù estuvieron hermanados con los ultras del Verona.

A nivel internacional, destacan las buenas relaciones con algunos grupos ultras del Bayern de Munich (en particular con el grupo Schickeria), también en Alemania con los ultras del Friburgo, y en Francia con los ultras del Montpellier. Actualmente también se mantienen relaciones amistosas con los supporters del Leyton Orient inglés.

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En cuanto a las enemistades, la rivalidad histórica y por excelencia se tiene con sus eternos rivales provinciales; los ultras del Ascoli, donde la contienda entre los dos equipos es llamado el Derby del Tronto e del Piceno. La segunda máxima rivalidad es con los ultras del Pescara, con los que disputan el Derby dell’Adriatico.

Otras hostilidades principales se tienen con otros dos equipos de la región de Las Marcas: los ultras del Ancona y los ultras de la Fermana. Fuera de su región existe una fuerte rivalidad con los ultras de la Lazio.

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Además, existen otras enemistades que en el pasado provocaron incidentes con los ultras del Arezzo, los ultras del Bari, los ultras del Brescia, los ultras del Cavese, los ultras del Cesena, los ultras del Foggia, los ultras del Perugia, los ultras del Siena, los ultras del Teramo, los ultras de la Ternana y los ultras de la Vis Pesaro.

Vídeo con imágenes históricas de los ultras de la Sambenedettese;

Il bomber de Cerdeña: Gigi Riva y el Cagliari

Pocas veces la historia de un club está tan ligada a la historia de un futbolista. A sus altos y sus bajos, a su esplendor y desgracia. El relato del Cagliari campéon es el de Gigi Riva y viceversa. Riva fue el pulso del Cagliari durante una década, cuando sufrió la última y definitiva lesión de su carrera, el Cagliari fue quien notó el dolor.

Riva llegó a Cerdeña desde la Lombardía, fichado del Legnano donde militaba en la Serie C de 1962, casi una década desde su último descenso desde la B. Un equipo modesto de un fútbol lejano. Riva era un zurdo demoledor, técnico y potente, que atacaba el área desde el ala que determinaba el número 11 de su camiseta.

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Apenas un año en Legnano le sirvió para llamar la atención de un club de una categoría superior. Torino, Milan, Varese…recuerda Riva en una vieja entrevista. Pero no Cagliari. Nada tan lejano, tan extraño. No ha cumplido veinte años, pero  ese mismo curso del 1962-63 es el jugador bandera a través del cual el Cagliari es campeón de la B y logra el primer ascenso a la serie A de su historia.

La primera vez de otras primeras veces gloriosas. Seco y adusto, fibroso y valiente, Riva tenía un carácter lacónico que parecía corresponderse al que será su país de adopción y el equipo de su vida. En un campo de hierba quemada por el sol encontró su lugar en el mundo.  La pregunta, temporada tras temporada, será siempre la misma ¿Cuándo volverá Riva? La respuesta, la misma también: nunca.

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Gianni Brera, el legendario pope del periodismo deportivo italiano, lo bautiza como Rombo di Tuono, el rugido del trueno. Arturo Silvestri, un exjugador de largo recorrido en los 40 y 50, entre Pisa y Milan, traslada a Riva desde el extremo izquierdo hasta la punta del ataque. Todavía no conoce los rudimentos del centro delantero, pero su instinto natural es asombroso.

Un séptimo y un undécimo puesto, el año de su primera lesión grave: una pierna rota en un choque brutal contra Américo Lopes, el portero de la selección portuguesa durante la aciaga clasificación para el Mundial de 1966 en Inglaterra. Son lugares de tranquilidad, donde un equipo nuevo se hace a la categoría sin sufrimientos. En las siguientes dos temporadas Riva convierte casi cuarenta goles, proclamándose Capocannonieri en la 1966-67 y aupando al equipo a dos sextos puestos consecutivos.

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El Inter de Milán, el equipo del cual Riva era tifoso, había dominado el Calcio durante la primera mitad de los 60. Era el conjunto de Helenio Herrera, el brujo de los banquillos que ganó allí tres ligas y dos Copas de Europa consecutivas. Era el Inter de Luis Suárez y Giacinto Facchetti, un carrilero de casi metro noventa que levitaba sobre el césped, elegante y señorial. El Inter de Guarnieri y Corso, del brasileño Jair y de Sandro Mazzola. Un equipo para la historia, y contra la historia pocas veces se puede competir.

Solo el Bolonia, un clásico del fútbol de los 20 y 30 había logrado oponérsele en 1963-64, el último Scudetto de su historia, bajo el liderazgo del centrocampista Giacomo Bulgarelli. Pero en la segunda mitad el trono quedó libre y la liga se movió de forma inusitada. Fue la Juve la primera en romper el dominio Interista por solo un punto en la 66-67.

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Allí despuntaba un jovencísimo Franco Causio escudado por ChinesinhoDel Sol, pero todavía faltarán años para la eclosión juventinista como gran escuadra dominante. Eso será en los 70 y 80. Luego el Milan, de nuevo entrenado por el legendario Nereo Rocco,  que lideraba Il bambino d’oro, Gianni Rivera. El fantasista original fue el único que discutió con Riva por la categoría de mejor jugador italiano de su tiempo y cuya rivalidad se extendió a esa selección italiana siempre convulsa y escindida entre sus talentos.

En Cagliari ya no está Silvestri, fichado en el 66 por el Milan, sustituido en el banquillo por el querido Manlio Scopigno, un jugador y entrenador de y del Rieti que se había hecho un nombre en Serie A con el Vicenza y que un año antes, en el 65, había dejado segundo al Bolonia. Estará en el club hasta el 72, con un extraño hito en la 67-68 donde ficha por el Inter pero no llega a entrenarlo, siendo su albor sustituir a Helenio Herrara si este fallase en sus compromisos entre el club y la selección italiana. Será el uruguayo Ettore Puricelli el interino del banquillo sardo durante un año, tras el cual se ira, curiosamente a Vicenza.

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Il Filosofo, como le habían bautizado, era un personaje singular en el fútbol italiano del periodo. Con problemas con el alcohol y un desprecio notable por la autoridad, era muy querido por los jugadores, a quien solía dejar perplejos con su comportamiento, su tendencia a bromear, su relajación perpleja ante el mundo. Fue, también, un técnico distinto. Sin miedo pese a entrenar siempre a modestos, con gusto por reinventar jugadores, como hizo con el brasileño Nene de Carvalho, el único extranjero del equipo llegado a través de la Juve en el 63.

Un delantero fallido que se transformó en el motor del equipo en el centro del campo. Y a su alrededor, movimiento, siempre movimiento. Domenghini, un volante con facilidad para golear, y Greatti ocupaban los interiores mientras Cera sujetaba la estructura. Había llegado desde Verona en el 63, era compacto, inteligente y laborioso. El molde de muchos medios italianos. Hacer lo inesperado, aparecer donde no se supone que se deba aparecer.

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Sergio Gori  batallaba los centrales para que Riva asaltase todos los huecos. Y necesitaba poco porque remataba todo con su zurda tronante. Era tan temible que obligaba a las defensas a retroceder. Entonces, fusilaba desde fuera del área. Abajo, a la base de los palos. Antes de Gori, había formado una dupla formidable junto a Roberto Boninsegna, una de las mejores de la historia del Calcio, pero el Inter decidió recuperar al que ya había sido su atacante y a cambio llegaron desde los neroazzurri los mencionados Sergio Gori y Angelo Domenghini.

Al año siguiente el Inter volvió a por Riva, pero este había cambiado definitivamente de colores. La actitud de los tifosi sardos le conmovió y decidió, tal vez definitivamente, quedarse en la isla. En aquella isla y aquel equipo que la Italia continental, en especial su parte Norte despreciaba: un país de bandidos y pastores.

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Tomasini, traído del Brescia en el 68 y Niccolai, uno de los jugadores más apreciados por la afición y también favorito de Scopigno, eran los centrales. Martiradonna y Zignoli, desde Bari, los laterales. El gran fichaje es el portero internacional Enrico Albertosi, ya entonces histórico de la Fiore para los cuales había ganado dos Copas de Italia y un Copa Mitropa en el 66 frente a los checos del Jednota Trenčín.

La Fiorentina había surgido en los 60 como el equipo en rebeldía frente a los grandes y a finales de los 60 terminaría por establecer una feroz rivalidad con el Cagliari, el más inesperado de los aspirantes. Después de unos años instalados entre los cinco primeros de la Liga, asaltan el título definitivamente en 1968-69, el segundo de su historia tras el de la 55-56, en plena era dorada del club, cuando fueron cuatro veces subcampeones del Scudetto liderados por Giuseppe Chiappella, capitán y rotundo defensor, el centrocampista Alberto Orzan o los delanteros Julinho y Miguel Montuori, un rosarino nacionalizado italiano.

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Una década y pico más tarde sus mejores argumentos eran el mediapunta Giancarlo De Sisti, el genial delantero brasileño Amarildo, sustituto de Pelé en el Mundial del 62 o el extremo Luciano Chiarugi. En el banquillo un nombre más ligado a Nápoles, el argentino Bruno Pesaloa, antiguo jugador napolitano en los 50. Con su célebre abrigo a cuestas y su aspecto de extra de una película de mafiosos, Pesaloa era un entrenador de la vieja escuela que hacía de la astucia estilo. Compartía con Scopigno la intuición y la capacidad para interpretar al jugador, para tenerlo cerca y crear un ambiente relajado y familiar.

En el verano del 68, Riva alcanza la gloria con Italia en la final del Europeo que se juega en Roma. Unos días antes una moneda al aire había decido el empate a 0 frente a la Unión Soviética, partido en el cual salió lesionado Gianni Rivera. Albertosi, Cera, Gori, Niccolai y Domenghini presentes y futuros compañeros en el Cagliari acompañan a Riva con la camisola azzurra en esta Eurocopa y en el Mundial del 70, donde Italia nada podrá hacer frente al esplendor brasileño.

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En Roma se enfrentarán a Yugoslavia, un equipo temible con jugadores como el central del Hajduk Split Dragan Holcer, el lateral del FK Sarajevo Mirsad Fazlagić, los centrocampistas del Estrella Roja Jovan Aćimović y Miroslav Pavlović y otro jugador de los belgradenses, el imparable extremo Dragan Džajić, el mejor jugador balcánico de su época y uno de los mejores de todos los tiempos.

Un 1-1 consumió partido y prórroga y obligó al replay dos días más tarde, el 10 de junio. Riva, que no había jugado la final original debido a su estado físico sería titular en esta ahora finalísima junto a Mazzola, también suplente en aquella. Al minuto 12, Gigi Riva se hacía grande también con Italia y desencasquillaba el partido tras interceptar un mal chut de Domenghini. Controla, fija los ojos en el balón y en un gesto característico funde giro y golpeo. Raso, el balón es un proyectil.

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El Juventino Pietro Anastasi marcaba el segundo antes de la media parte y aseguraba el título italiano. 30 años habían pasado desde el Mundial de Francia. Riva iba a ser elegido balón de plata, por detrás de Rivera y con el subcampeonato liguero y su nuevo capocannonieri firmaba la mejor temporada de su vida. Hasta el momento.

La siguiente temporada sería la definitiva. El rival fue el Inter de otro HH, el paraguayo Heriberto Herrera, entrenador catenaccista que había pasado con éxito por la Juve en la segunda mitad de la década de los 60 y desembarcaba en Milán para darle una prórroga aun equipo envejecido pero todavía poderoso. El Cagliari se encargó de aplazarla durante un año, conquistando un título novel como no se veía desde la Roma en 1941 o la propia Fiorentina en el 55. Un ganador único, nuevo.

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En cierto modo abrió un camino que sería con grandes dificultades transitado unos años después por un Lazio, mítico y singular a su manera, que ejerció de cuña durante el asfixiante dominio de la Juventus en los 70 al arrebatarles el Scudetto de la 1973-74 y ya en la siguiente década por los grandes rebeldes de los 80, la década más apasionante y movida del Calcio entre la segunda liga de la Roma en la 82-83 y la única de la Sampdoria en la 90-91. Entre medias, el Nápoles de Maradona y el prodigioso Hellas Verona, la hazaña que guarda más paralelismo con la del Cagliari.

Riva fue de nuevo fundamental con sus más de veinte goles y su rechazo a la Juventus, que lo persiguió como solo persiguen aquellos que piensan que el dinero lo puede comprar todo. No había dinero que la sacase de aquella isla que le había hecho hombre y futbolista. En su contrato una clausula de calidad: toda negociación, todo traspaso, le debía de ser consultado. Así se garantizaba que el equipo no pudiese venderlo ni queriendo.

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Así, el Cagliari sale disparado hacia el Scudetto. Riva está encendido. Explica Pietro Pianta, antiguo compañero de Riva que en el 70 paraba para el Vicenza en el programa de la RAI Sfida: ”Se lo decía a mis compañeros. Estaros atentos, porque para él, el balón es siempre jugable. No penséis que no va a probar, porque siempre prueba”. Ese año, en Vicenza, hizo uno de los goles más impresionantes de su carrera, convirtiendo un balón al bulto en una inverosímil tijera a la escuadra. Siempre. Siempre probar.

Una derrota contra el Inter a falta de tres minutos pone la Liga en dudas. Tomasini se lesiona de gravedad y Scopigno se pelea con un linier en Palermo y termina por ser sancionado por seis meses. Los poderes del Norte se notan, es la queja de los sardos. Bandidos y pastores, dicen. La Juve se sitúa a solo dos puntos antes de jugar en Turín un partido donde Niccolai vuelve a marcarse un gol en propia puerta, algo por lo cual era célebre. Riva, siempre, iguala pero un arbitraje escandaloso de Concetto Lo Bello, el más famoso árbitro de su época desequilibra el partido al más puro estilo juventino. Dispuesto a arreglarlo pita otro penal de similar factura a favor del Cagliari que Riva marca. – “¿Y si lo llego a  fallar?”, pregunta. –“Se repite”, contesta Lo Bello.

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Año glorioso. Una Liga única, un balón de bronce superado por Bobby Moore y Gerd Müller y una final de Copa del Mundo, una derrota con anestesia marcada por un partido de leyenda frente a Alemania (el hombro de Beckenbauer, el empate, la prórroga, otro empate, gol de Riva, gol de Müller, Gol de Rivera! 3-4. El partido del siglo) completan un ciclo glorioso, inolvidable. El año siguiente prometía por igual. Riva está en estado de gracia. Pleno. Un partido frente al Inter será su obra maestra. Dos goles que son definición de su estilo llevan a Brera a rebautizarlo, como el mito que ya es. Entonces, otra lesión durísima, de nuevo una pierna rota, de nuevo con la selección.

Esta vez frente a Austria tras una entrada asesina de Norbert Hof que corta en seco la temporada en curso y la aventura europea del Cagliari. Había eliminado al Saint-Étienne en primea ronda y vencido en Cerdeña al atlético de Madrid en el partido de ida de la segunda. Pero Riva ya no está para la vuelta y una actuación superlativa de Luis Aragonés conduce a un rotundo 3-0. Magullado, cansado, el Cagliari se descuelga hasta la séptima posición. Ya no puede frenar al Inter.

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El declive físico de Riva es la tranquila decadencia del Cagliari. Según el jugador envejece, lo hace el equipo. La presidencia le presiona, busca una venta, pero no es posible. Los destinos del club y el futbolista son uno y el mismo. Su ciclo vital depende uno del otro. No es una caída estrepitoso, simplemente el Cagliari se va apagando al ritmo vital de sus mejores jugadores que van despidiéndose años a año del equipo hasta que solo quedan Nené y Riva.

Hasta la temporada 1974-75 el Cagliari permanece entre los diez primeros en una vejez llena de dignidad. Cuando Riva se lesiona de nuevo, la última, la definitiva, en el 76, el Cagliari morirá con él en un descenso que sabía a adiós a una época, a toda una historia.

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L’Aquila C. 1927

L’Aquila (en español El Águila) es la capital y ciudad más poblada de la región italiana de Abruzos, en el centro de Italia. Tiene una población de 73.150 habitantes. Aunque está a menos de dos horas en coche desde Roma, la ciudad (rodeada de muros medievales) aún no se ha visto influida por el turismo. L’Aquila alberga muchas industrias electrónicas.

En los alrededores de la ciudad hay ruinas romanas (Amiternum), antiguos monasterios, y numerosos castillos. El más conocido de ellos es el de Rocca Calascio, que es el castillo más alto de Italia y uno de los más altos de Europa. En los alrededores de la ciudad se encuentra el Gran Sasso d’Italia, la mayor montaña de los Apeninos y de la Península Itálica.

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L’Aquila fue conocida a nivel europeo por lo que sucedió en la madrugada del 6 de abril de 2009, la ciudad fue el epicentro de un terremoto de 6,3 grados que provocó la muerte de 308 personas y dejó heridos a más de 1.500 en toda la región de los Abruzos.

L’Aquila Calcio 1927 es el club de fútbol representante de la ciudad. Fue fundado en 1927 y actualmente milita en la Serie D, la cuarta liga de fútbol más importante del país. Fue fundado en el año 1927 (como su nombre indica) como Società Sportiva Città dell’Aquila, inicialmente usó los colores blanco y azul. En 1934 ascendieron a la Serie B por primera vez en su historia.

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Dos años después, en 1936, el entrenador Attilio Buratti murió y varios jugadores resultaron heridos luego de un accidente ocurrido en Contigliano, por lo que no pudieron escapar del descenso tres años más tarde. En diciembre de 1937 se enfrentaron a la Juventus de Turín en la Copa de Italia, perdiendo 1-4.

Permanecieron cinco temporadas en la Serie C antes de que el equipo dejara de competir durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. En 1943 el club fue refundado con el nombre de Sportiva L’Aquila 1944, ya que sus actividades deportivas se iniciaron un año más tarde. Jugaría en la Serie C entre 1945 y 1948.

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En 1958, tras estar varios años en las categorías menores retornó a la Serie C, hasta que descendió en 1969. Diez años después regresó a la Serie C2 (la actual Serie D), hasta su descenso en 1982. En 1992 retornó a la Serie C2 para llenar las vacantes que quedaron en dicha división, pero al cabo de un año se declaró en bancarrota.

En 1994 fue refundado con el nombre de A.S. L’Aquila y admitido en la liga Eccellenza (la primera categoría de las divisiones regionales italianas), donde en 1995 cambiaron su nombre por el de Vis L’Aquila tras fusionarse con el equipo de Serie D del Paganica Calcio. En 1998 ascendió a la Serie C2 y en el 2000 ascendió a la Serie C1 tras vencer en la ronda del Play-Off al Acireale Calcio 1946.

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En el 2004 retornaron a la Serie C2 luego de que volviera a tener problemas financieros y fuera readmitido en la Eccellenza otra vez con el nombre de A.S.D. L’Aquila Calcio. En la temporada 2009-10 fue promovido desde la Serie D a la Lega Pro Seconda Divisione. En la temporada 2012-13 logró ascender a la Lega Pro Prima Divisione tras vencer en la ronda del Play-Off al Teramo. En el año 2010 fue cuando adoptó el nombre actual.

Centrándonos en el mundo de las gradas de L’Aquila, los primeros grupos organizados de tifo organizado en la capital de los Abruzzos comenzaron a aparecer en los años 60; además de los históricos Commandos Rossoblù, colocados originalmente en el sector Distinti del estadio Tommaso Fattori, se fundarían en aquellos años los Commandos Tigre, Fedelisimi, Potere Rossoblù, Boys y otros grúpusculos que se turnarían hasta llegar 1978, año en que se fundarían los Red Blue Eagles L’Aquila, el grupo numeroso de más antigüedad de entre todos los que todavía sostienen a L’Aquila Calcio.

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Los Red Blue Eagles inicialmente también se colocarían en el sector Distinti del campo, a finales de los años 80 se trasladarían a la parte occidental de la Curva, junto con los Ultima Fila (estos últimos situados cerca de la entrada del sector).

En 1990 sobresale la formación de otro grupo, el N.a.M., que significa “Nucleo anti-Marsica“, nombre de la zona de la provincia que es el territorio de la ciudad de Avezzano, localidad y equipo con cuyos seguidores siempre ha existido una muy dura rivalidad. El N.a.M. se disolvió el 21 de marzo de 2009, después de 19 años de historia.

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A partir de 1998, año del retorno de L’Aquila de nuevo entre los profesionales, es el nacimiento de muchos nuevos grupos organizados, la mayoría de los cuales, sin embargo, desaparecieron en un par de temporadas: Torcida Rossoblù, I Peggiori, La Banda dello Sciamano y 721 s.l.m..

El único grupo reciente que se mantuvo vivo durante un período significativo de tiempo fue Viking, formado en el año 2000, que se disolvió en 2007. En la década de los 10 del siglo XXI, a partir de las cenizas del N.a.M, surgirá el grupo Novantanove.

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Entre los hermanamientos de los ultras de L’Aquila, histórico es el que une a los ultras rossoblù con los ultras del Chieti, surgido en los últimos años 80 por la rivalidad común hacia el Pescara. Una segunda profunda amistad regional se tenía con los ultras del Giulianova, que terminó por razones desconocidas.

Digno de mención es también el hermanamiento con los ultras del Pontedera, nacido el 30 de enero de 1994, cuando los aquilani recibieron el pésame por la muerte en la Toscana de Nicola Mezzacappa, ultra rossoblù que falleció en un accidente de coche justo cuando estaba llegando a Pontedera para ver el partido entre ambos equipos.

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Las rivalidades principales son aquellas anteriormente mencionadas: los ultras del Pescara y los ultras del Avezzano, que también representan dos de los derbis más calientes de la región de los Abruzos.

No obstante, el partido entre aquilani y pescaresi hace años que no se disputa, siendo considerado por muchos el Derbi por excelencia de la región, dado que enfrenta a la capital (L’Aquila) contra la ciudad más poblada y grande (Pescara). Otras rivalidades regionales se tienen con los ultras de la Virtus Lanciano y los ultras del Teramo.

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Fuera de Abruzzo, las principales enemistades se tienen con los ultras del Foggia, los ultras del Messina (por su histórico hermanamiento pasado con Pescara) y los ultras de la Sambenedettese. Aún más histórica, sin embargo, es la rivalidad con los ultras del Sora (ciudad de la región del Lazio) nacida en los años 70.

Vídeo con imágenes históricas de los ultras de L’Aquila;

Apuntes para una historia breve del fútbol francés (y 3)

Capítulo 3: cuando Saint-Étienne fue la capital del fútbol.

La historia del Saint-Étienne se sustancia en unos postes cuadrados. Son un símbolo de la mala suerte que tranquiliza. No fuimos nosotros, fue el destino. No pudimos hacer nada. Unos palos cuadrados en unas porterías en Escocia. El Saint-Étienne abrazaba así el espíritu de Raymond Poulidor, el eterno segundo, el perdedor con estilo.

En la década de los 70 continuó la tradición del Stade Reims, aquel equipo elegante que cayó dos veces contra la maquinaria europea del Real Madrid, un equipo que ya era leyenda en su propio tiempo, y anticipó la de la selección francesa de los 80, semifinalista constante y ganador, esta vez sí, de su propia Eurocopa en el 84.

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Los stéphanois habían dominado la Liga en la segunda mitad de la década de los 60 con cuatro títulos consecutivos del 67 al 70. Antes había discutido la superioridad del Mónaco, arrebatándoles la Liga del 64 que supuso no solo al ruptura del pulso entre los monegascos y el Stade Reims en la primera mitad de la década, si no la caída de estos últimos a 2ª división, víctima de una de las crisis económicas que azotó la débil estructura del fútbol francés hasta entrados los 80.

El Stade Reims comenzó entonces un recorrido de ida y vuelta entre 1ª y 2ª que en su último descenso, en 1979, lo mantuvo apartada de la élite durante 33 años. La dificultad de la grandeza en Francia expresada en toda su crudeza.

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Como el Stade Reims, iban a conseguir trascender las fronteras francesas, significarse en Europa. Como con el Stade Reims eso supuso una revitalización en el alicaído interés por el fútbol en el país, semiolvidado tras el declive de la gran generación de Raymond Kopa y Jules Fontaine. El Saint-Étienne, además, establece su más brillante recorrido europeo en la era del fútbol televisado y su joven estrella, el extremo Dominique Rocheteau parecía diseñado para esos nuevos tiempos.

Fue, tal vez, el primer jugador pop francés, el ídolo mediático transversal, el jugador-rock’n’roll. Los medios lo abrazaron entusiasmado y lo bautizaron como “El ángel verde”. Sería fundamental no solo en el Saint-Étienne, también ya en la década de los 80 en el gran Girondins de Burdeos de Tigana y Girese y, claro, en la Francia champán.

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En la Copa de Europa de 1976, Rocheteau se había lesionado contra el PSV Eindhoven en semifinales y tocado, tardó demasiado en entrar al campo en Glasgow. Antes se había llevado por delante al Dinamo de Kiev de Valery Lobanovsky, uno de los equipos más modernos del momento, en unos espectaculares cuartos de final que habían necesitado prórroga.

Antes todavía, al Glasgow Rangers y al Copenhage, pero el Bayern de Munich era demasiado. Ya lo habían experimentado el curso anterior, cuando un 2-0 en el partido de vuelta de semifinales en Alemania había cortado de cuajo la sorpresa stéphanois. Era como una larga venganza por otra eliminatoria anterior, la primera ronda europea del 70, donde Les Verts habían remontado con un espectacular 3-0 un mal resultado en Baviera.

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Entonces el gran Bayern estaba en formación y el Saint-Etienne era una conjunto efervescente. Venía a representar a los herederos ortodoxos del fútbol total del Ajax de Amsterdam, pero el Bayer era una evolución de ese mismo juego, una mutación específicamente diseñada para contrarrestarlo. Franz Beckenbauer había ido dando pasos atrás en el campo con el objeto de verlo todo mejor, de pensarlo todo mejor y dirigía aquella estructura perfecta desde su posición de líbero.

En 1976 ganaba su tercera Copa de Europa consecutiva. Saint-Étienne se unía a la lista de nuevos aspirantes junto a Atlético de Madrid y el Leeds que dirigía Don Revie. Al año siguiente el Dinamo de Kiev cortaría la racha en cuartos de final, era otra mutación, otro diseño inteligente del mismo patrón de fútbol.

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En Glasgow el Saint-Étienne fue el equipo romántico que muere con sus ideales. Atacó incansable y tocó madera dos veces…pero los postes eran cuadrados y sus esquinas escupieron el balón. El Bayern era el malo de esta historia. El equipo duro y despiadado que no se pone nervioso ni tiembla.

Masticó el partido con la paciencia del que acumula copas y en un gol de falta de Franz Roth se acabó lo que se daba. Al Saint-Étienne le quedaba el consuelo-Poulidor. Ser querido por todos, la compasión por el derrotado valiente, entrañable.

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La primera vez que el Saint-Étienne ganó era 1957. Antes había rondado un par de semifinales coperas e incluso levantado un extraño título de consolación, la Copa Charles Drago, pero en el 57 fue la Liga. Aquella victoria nueva relegó al Lens del joven valor Maryan Wisnieski, quien jugará entre el 64 y el 66 en el Saint-Etienne, al subcampeonato por segunda vez en dos brillantes años.

Antes lo había hecho el Niza, el otro gran equipo de la década. La primera Liga; nadie supuso entonces lo que vendría una década más tarde, aunque allí se pusieron las bases históricas de algo que ni tan siquiera el Stade Reims había conseguido: establecer una saga.

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El Reims fue el equipo a batir durante todos los 50 y primeros 60, pero nunca logró ni tan solo repetir título.  El último en hacerlo había sido el Niza entre el 51 y el 52, cuando jugaba para ellos el gran delantero Just Fontaine, y el siguiente sería el Nantes entre el 65 y el 66. Entre medias, un campeón por curso, cinco de ellos ganados por el Stade Reims.

Fontaine cambió Niza por Reims en el 56, el mismo años en el cual Raymond Kopa dejaba Reims para firmar por el Real Madrid. Di Stefano, Puskas, Kopa, Gento…Era mucho más que un equipo, era una constructora de historia del fútbol. La Copa de Europa existe gracias a aquel Real Madrid. Todo el mundo quería verlos; todo el mundo quería vencerlos.

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El Stade Reims lo desafió dos veces, en 1955, la primera disputada, y en 1959, la cuarta ganada por el Real Madrid. Kopa jugó una final con cada equipo. Aquellos partidos, aquel equipo que se medía con los más impresionantes rivales, hizo a Francia volver la mirada hacia el fútbol. Como sucedió con el Saint Etienne en los 70 y luego con el PSG y el OM en los 90, sus victorias en casa eran el anticipo de sus aventuras fuera.

Eran protagonistas de un folletín futbolístico, un relato por entregas donde aquellos Arsenio Lupín del balón trataban de robarle la Copa de Europa al Real Madrid, al Bayern de Munich o al Milán. Se alzaban en su modesta medida contra gigantes, contra equipos que eran los dueños del torneo. Solo el OM completó el golpe con éxito, pero  perder ya era hacer historia; ya era ser memorables.

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Kopa regresó a Reims tras esa cuarta Copa de Europa y allí se reunió con Just Fontaine y Roger Piantoni, la legendaria tripleta atacante de la selección Francesa del mundial del 58. En el Mundial de Suecia, que fue el de Brasil y Pelé, Fontaine marcó 13 goles, una cifra todavía por superar y Francia llegó a semifinales, donde fue arrasado 5-2 por los brasileños tras la lesión del central, del Reims, Robert Jonquet. Fontaine y Piantoni marcaron, pero no sirvió.

En la consolación, Fontaine le clavó 4 (de 6) a Alemania para cerrar un excelente tercer puesto. Un par de años después, en 1960, la lesiones le machacarían las piernas.

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En aquella selección solo figuraba un jugador del Saint-Étienne, el portero Claude Abbès. El resto estaba dominado por las figuras del Stade Reims, que incluso aportaba al seleccionador, Albert Batteux. Es la personalidad vertebral de esta historia, la unión que permite la continuidad histórica entre dos clubes dispares. Había sido jugador del Reims y nada más retirarse se convirtió en su entrenador y en el técnico más influyente de la historia del fútbol francés hasta entonces.

Permanece en Reims hasta el 63, justo antes de la debacle del descenso del año siguiente y bien como jugador, bien como entrenador, está en todas las Ligas y títulos mayores del equipo entre el 48-49, su primera Liga, hasta la última en el 61-62. Tras unos años en el Grenoble, a quien no logra ascender, recibe la llamada del Saint-Étienne.

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El club se había embarcado en una profunda reestructuración, volcándose en una política de formación de jugadores con el objeto de resistir la crisis de la década de los 60 que se había llevado por delante al Reims y casi al Niza, transformado en un club comparsa de la 1ª división con puntuales excursiones a 2ª.  El equipo que se había conformado a lo largo de los 50 llegaba al cambio de década notablemente debilitado.

La guerra colonial en Argelia había apartado a diversas figuras de la Liga del fútbol como muestra de reivindicación nacional. Ben Tifour y Zitouni del Mónaco, el portero del OM Ibrir y la gran figura argelina, héroe nacional y estrella del Saint-Étienne Rachid Mekhloufi.

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Él lideró el movimiento de los futbolistas argelinos y llegó a desertar de la concentración de Francia en el 58 para integrarse en el reivindicativo Front Liberation National Team, los Fennecs, la selección argelina apócrifa. El equipo giró por todo el mundo hasta 1961, cuando la llamada a filas se hizo masiva a las puertas de los acuerdos de Evian, la sanción de la independencia de Argelia en 1962.

Ese año, el gran capitán René Domingos levanta la Copa de Francia frente al Nancy al tiempo que el equipo desciende. Domingos se retira en 2ª con 35 años, después de que una brutal carga del lateral del Valenciennes Kocik le rompa ambas piernas. Mekhloufi regresó a 2ª y bajo la dirección de Jean Snella, otro antiguo jugador del club, el equipo se disparó con dos títulos consecutivos, el del ascenso y el de 1ª al curso siguiente en una proeza inusitada.

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Mekhloufi dejaría el equipo en 1968, tras participar en dos de los cuatro títulos ligueros del primer ciclo triunfal, para retirarse tranquilamente en el Bastia. En el 82, como seleccionador, logró colocar a su país en un Mundial por vez primera y solo un biscotto escandaloso entre Austria y Alemania Federal, a quienes los argelinos habían derrotado en el primer encuentro de su grupo sacó de la competición a aquel excelso equipo de los Rabah Madjer, Faouzi Mansouri, Nouredine Kourichi,  Mustapha Dahleb o Djamel Zidane, tío de Zinedine.

Domingos y Mekhloufi representan la noción de continuidad, de permanencia, que se había forjado en el Saint-Étienne y en la misma ciudad. Una sensación de identificación, de pertenencia. El equipo, como por ejemplo el Sochaux respecto a la Peugeot, tenía su origen en un club amateur de las galerías comerciales Casino.

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Un equipo de empresa creado con la idea de vincular lugar, marca y trabajadores. De articular un estrato social y una ciudad entera de tradición trabajadora. Profesionalizado en la década de los 30, esta vinculación, simbolizada en el color verde de la camiseta, nunca se disolvería del todo como denota la figura de su presidente hasta 1961, Pierre Guichard, hijo de Geoffroy Guichard fundador del grupo Casino en 1898.

En el 61 la presidencia pasa a otra figura capital, Roger Rocher. Un antiguo minero en el Loira que había hecho fortuna junto a su padre en la empresa de herramientas Forézienne tras la 2ª Guerra Mundial y llevaba desde esa época dirigiendo diversas asociaciones de fútbol amateur en la zona.

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Rocher, obrero, empresario, futbolero, es la encarnación del  stéphanois, de orgullo del trabajador que triunfa con sus propios medios. Permanecerá en el club hasta 1982, cuando sus propios escándalos financieros, una medida de todos los presidentes célebres del fútbol francés, se lo lleven a él y la lo que queda del Saint-Étienne por delante. Entre medias, los años gloriosos y un epílogo en 1981 con el superlativo Michel Platini.

La travesía dura del cambio de década, los ajustes a la nueva realidad económica y la decisión de sus jugadores bandera de permanecer o regresar también fue clave en la forja del gran equipo que de todo ello surgiría. Un joven futbolista que será luego joven entrenador lo resume: Robert Herbin.

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Pelirrojo carismático, hizo de su pelo encrespado y su energía sobre el campo la seña de identidad de todo un equipo. Sus compañeros podían jugar libremente porque sabían que Herbin estaba detrás de ellos. Siempre. Promocionado desde el equipo filial, comenzó jugando como centrocampista defensivo en un esquema de cuatro atacantes.

Era duro y laborioso y rápidamente se hizo con un puesto. Cuando fue perdiendo motor, Batteux lo movió al centro de la defensa, junto a Boresquier. Cuando ya no tuvo motor fue él mismo quien sustituyó a Batteaux en el banquillo. Tenía solo 33 años. El Saint-Étienne no se había agotado tras su retirada, solo había recomenzado. Mejor, capaz de mirar a Europa.

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Junto a él otros jugadores fundamentales en la formación del carácter del equipo, algunos que permanecían desde mediados de los 50 en el club como el veterano lateral Juan Casado, nacido en Marruecos al igual que Just Fontaine, el central Roland Mitoraj o los medios Georges Peyroche, que se marchará en el 63 al RC Estrasburgo, René Ferrier o Richard Tylinski y, que contaban sus partidos con la camiseta verde por cientos.

Junto a ellos incorporaciones como la del propio Herbin, el lateral Gérard Farison, el poderoso delantero Hervé Revelli y su hermano Patrick o el centrocampista Aime Jacquet, presente en cuatro títulos de Liga y tres de Copa y formado aquí no solo como futbolista sino como entrenador que exportará la filosofía de juego al Girondins de los 80 y llevará a Francia a conseguir un Mundial.

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Poco a poco, sistemáticamente la primera mitad de los 60 ve la construcción de una escuadra dominante, de gran calidad técnica, velocidad y elegancia que gravita entorno a la inteligencia y el pie preciso de Jean-Michel Larque, integrante del primer equipo desde 1966, y la voracidad goleadora del delantero malí Salif Keita, fichado desde el As Real Bamako y capaz de marcar la pasmosa cifra de 125 goles en 149 partido de Liga en su periodo en el club entre el 66 y el 72.

Keita es parte del intento de salto de calidad tras el título del 64, pensado para sobreponerse a la fortaleza del otro gran conjunto del periodo, el Nantes del legendario entrenador José Arribas. Otro equipo de alta escuela y política de cantera.

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Inmigante vasco huido de la Guerra Civil junto a su familia, Arribas había sido interior en el modesto US Le Mans, pero más que futbolista quería ser profesor de futbolistas. Entrenó a equipos de las inferiores sin mayor suerte hasta que como parte del staff del  Rennes coincidió con Henri Guérin, exjugador y entrenador entonces del club (y por un año, 61-62, de Saint-Etienne) que recomendó su nombre al presidente del Nantes, que entonces penaba en 2ª división.

Arribas no solo llegó, vio e hizo vencer, sino que instauró un modelo de juego, de estructura y de comportamiento que se convirtieron en la identidad del club. Su ejemplo en todo fue Bill Shankly, el entrenador socialista del Liverpool que amaba más que nada el respeto, la modestia y el balón por el suelo. El Liverpool y el Nantes como familias, como ejemplos de y para la comunidad. El Saint Etienne proponía algo muy similar casi al mismo tiempo.

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Arribas personalizó esa influencia con su “énfasis en el espacio, un aspecto que ya nunca se separaría de la vida del Nantes. El espacio, más que la pelota, como tuétano de un estilo. En esta línea, borró el cuerpo a cuerpo e impuso un marcaje zonal. Desde esos cimientos formales, elaboró un discurso: movimiento y flexibilidad, juego corto y veloz, naturaleza ofensiva y tacto agradable con el fútbol.

Había nacido el juego a la Nantaise. El término tardaría en consolidarse 40 años, que fue lo que tardó en tomarse consciencia en Francia del linaje y los rasgos comunes entre aquel equipo de Arribas y el que en 1995 sometiera la Ligue 1.” (Chema R. Bravo: http://www.ecosdelbalon.com/2013/05/nantes-escuela-de-futbol-jose-arribas-suaudeau-denoueix/ ).

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El elegante extremo Jacky Simon y el goleador Philippe Gondet eran las figuras, pero también sumaban otros como los centrales internacionales Gabriel De Michèle y Robert Budzynski, procedente del Lens y convertido tras su retirada en entrenador de cantera, el delantero argentino Ramón Muller, el mediocentro argelino Sadek Boukhalfa o, por supuesto, el medio defensivo Jean-Claude Suaudeau, quien al igual que Herbin en Saint-Etienne era prolongación de su entrenador sobre el campo y futuro heredero del banquillo, aportando como técnico dos Ligas en el 83 y la ya mencionada del 95.

El Nantes se impuso dos temporadas consecutivas, ambas sobre el Girondins de Burdeos que por aquella época entrenaba otra personalidad de leyenda, el futbolista y aviador Republicano Salvador Artigas.

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Jugador del Barcelona, huido tras la Guerra hizo carrera en Francia, en especial en el Rennes, e incluso regresó a España para jugar unos últimos años en la Real Sociedad en el cambio de década del 40 al 50. Entre la multitud de equipos que manejó tanto en Francia como en España (donde llegó a ser seleccionador) fue en Burdeos, donde había jugado nada más llegar al país, donde tuvo más arraigo permaneciendo entre el 60 y el 67.

Nantes y Saint-Etienne rivalizaron de modo directo en el 66, primer año del ciclo de cuatro Ligas consecutivas, pero Les Canaries se diluyeron en los siguientes y nunca pudo establecerse ni una rivalidad duradera, ni una alternancia. Se enfrentaron directamente en una final copera, además, la del 69-70, donde Les Verts cerraron un formidable doblete mediante una arrolladora victoria por 5-0.

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El cambio de dominio, en cierto modo, estaría más cerca de suceder en la siguiente década, los 70, y parte de la de los 80, periodo en el cual el Nantes alza cuatro Ligas y otros tantos subcampeonatos siendo extraña la temporada donde baja del 5º puesto. Todo lo cual lo confirma como uno de los más consistentes (si no el que más) equipos de la historia moderna del fútbol francés.

Tal vez por tener esa idea a la cual regresar. Una que el Saint-Etienne compartió durante un periodo que pareció iba a durar para siempre, desafiando el rigor de los ciclos triunfales del fútbol francés al extenderlo en dos décadas diferentes.

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Tampoco el Girondins, que le discutió la competición en el 69 dio el salto, algo que si hará en la década de los 80, permitiendo la aparición de aspirantes como el clásico Niza, el Metz, el Sochaux, el Angers o el Sedan. Será el Olympique de Marsella quien rompa el ciclo stephanois en 1971, tras haber sido subcampeón ya el año antes, estableciendo un breve dominio que como el anterior del Nantes solo duró dos temporadas.

Era un sólido entre las tenedurías de Lucien Leduc, histórico técnico del Mónaco, y el pied noir Mario Zatelli, jugador del OM en los años 30 y 40, a donde llegó procedente de Marruecos y técnico en diversas etapas. La estrella era el delantero croata Josip Skoblar, en su segunda etapa en el club, que ganaría la Bota de Oro del 71.

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Junto a él un ex de Saint-Etienne como el central Bernard Bosquier, el sueco Roger Magnusson, pareja de Skoblar en la delantera y el excepcional medio camerunés Jean-Pierre Tokoto, quien limitado por la presencia de los dos atacantes ya extranjeros buscará mejor acomodo primero en Burdeos y luego en el Paris FC.

Es cuando pareció haberse acabado que el Saint-Étienne recomienza. Son años de barbecho donde llega a desaparecer de entre los cinco mejores. Años de reformación, donde la nueva escuadra cuaja poco a poco bajo las ideas del ahora entrenador Herbin, quien releva a Batteux en el 72 pese a seguir siendo jugador hasta el 76.

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En ese periodo se unirán a los ya conocidos Revelli, quien regresa de una cesión al Niza, López, Repellini, Farison, Santini (otro futuro seleccionador nacional y entrenador, del gran rival Lyonnes, además,) o Larque, el potente Janvion, un multiusos de Martinica que lo mismo actuaba de central, lateral y centrocampista de brega, los mediocentros Christian Synaeghel y Dominique Bathenay, ambos formados en la cantera y perfectamente complementarios en su mezcla de técnica y precisión el uno y abnegación y coraje, además de bravura en la llegada, el otro, el portero yugoslavo Ivan Curkovic, medalla de oro olímpica, y el central argentino Oswaldo Piazza procedente de Lanús.

Piazza se convertirá en un icono del club y uno de los mejores jugadores de su historia, sostén de la elegante estructura construida por Herbin en torno a la clase de Larque. Su intimidante presencia, de semblante adusto, pelo alborotado y cuerpo musculoso, su altura, decisión y calidad eran una píldora de tranquilidad para sus compañeros y un recordatorio constante para sus rivales. Líder callado, hombre de respeto instantáneo, Piazza encajó en la sobriedad de Les Verts como un guante.

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En el equipo comienza a entrar también un joven de 17 años, Dominique Rocheteau, que a la larga será el lazo del equipo, la guinda, el jugador desequilibrante, distinto y libre que a va a dar sentido y veneno al fútbol stephannois. El equipo está en perfecta consonancia con las corrientes de los 70.

El fútbol total del Ajax que personalizarán en diversos lugares el Borussia Mönchengladbach de Udo Latek o el Dinamo de Kiev de Valeri Lobanovsky. El Sait-Etienne es un equipo tan definitorio de una estética futbolera, de un modo de interpretar el juego tan absolutamente setentero como todos ellos.

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Los 70 son el esplendor futbolístico del equipo y además lo ponen en disputa directa contra su rival directo, el Olympique Lyonnais, que despierta en este periodo logrando dos terceros puestos consecutivos en el 73-74 y 74-75. Es el equipo a donde ha ido a recalar Jacquet, y donde se encontrará con Raymond Domenech, a quien años después tendrá bajos sus órdenes en Burdeos y que, más tarde todavía, será también seleccionador.

Es el contrario en todo. La ciudad burguesa frente a la proletaria. Más de medio millón de habitantes, la tercera más grande de Francia, frente a la pequeña capital del Loira, que por entonces tenía algo más de 150.000 habitantes.

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El Lyon estaba entrenado por Aimé Mignot, un central de los 50 y 60 con más de 400 partidos a sus espaldas y contaba con algunos futbolistas de categoría, como el delantero Bernard Lacombe que haría el camino inverso de Jacquet para fichar por el Saint-Étienne en el 79 y luego se reencontraría con el Burdeos para establecer otro gran ciclo.

También Serge Chiesa, un interior nacido en Marruecos que se convertirá en el jugador con más partidos en Lyon, el ex-Partizan Ljubomir Mihajlović, el medio uruguayo Ildo Maneiro, el central italiano Robert Cacchioni o el veterano lateral Alan Thiry, en el club desde 1964.

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El Saint-Étienne, imparable en las competiciones domésticas, firma sendos dobletes entre el 73 y el 75 derrotando en la final copera a Lens y Mónaco y sucediendo en el palmarés a, precisamente, el Olimpique Lyonnais que había levantado la del 72-73 frente al Nantes. Parecía que el Saint-Étienne era inagotable.

Había ganado su primera Copa en el 62 y para el 77, iba acumular ya seis. Lo mismo con las ligas, que en la campaña 75-76 harían 8 y en la inesperada prórroga del 81, la de Platini, sumarían una extra. Era, ya entonces, el equipo más laureado de Francia. Pero como al Stade Reims, le faltó Europa.

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Al curso siguiente, en 76-77, Les Verts comenzaron un lento declive. Era lo que parecía un plácido otoño, el fin del ciclo vital de los ganadores franceses. En Europa hubo de nuevo gloria, pero no títulos. Esta vez se encontró con el Liverpool, a quien obligó a remontar en Anfiel una excepcional eliminatoria que arrastró a una marea del aficionados stephanois.

Reciente ganador de la Copa de la UEFA, el Liverpool sería el siguiente gran dominador europeo tras el Bayern de Munich. El Saint-Étienne, definitivamente, no tenía suerte. Al Bayern, curiosamente, los defenestraba el Dinamo Kiev en la misma ronda. Un cambio de ciclo se escenificaba. Los de Lobanovsky se midieron al otro equipo de moda en Europa, el ‘Gladbach, y salían derrotados.

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Lo alemanes, a su vez, cedían ante el equipo de Bob Paisley que abanderaba Kevin Keegan, de inmediato camino de Hamburgo. Entre tanto, algo sucede en Saint-Étienne. Larque ha dejado el equipo, seducido por el dinero parisino del PSG primero y del Racing Club después, los primeros intentos artificiales de crear una jerarquía centralizada. El Saint-Étienne parece desorientado en el nuevo contexto en formación y comete un erro fatal: cambia su política, su identidad.

Nada de esto sucede de un día para otro, e incluso la transición hacia el último Saint-Étienne campeón fue natural. La cantera aporta los repuestos necesarios y se tiene paciencia, como se tuvo entre el equipo de mediados de los 60 y el de mediados de los 70.

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Así, ascienden jugadores como Jean-Louis Zanon, el delantero Laurent Roussey o el delantero Thierry Oleksiak o el gélido mediocampista Jean-François Larios, epítome de la sobria escuela stepahnois a quien se recupera tras una cesión al Bastia donde llegó a disputar la final de la UEFA del 78 frente al PSV Eindhoven.

Fue la mejor época del equipo corso, entre un tercer puesto en el 77 y una Copa en el 81, frente al Saint-Étienne, precisamente. Les Verts habían ficha al poderoso delantero de Nueva Caledonia Jacques Zimako y un par de años después harán lo mismo con el holandés Johnny Rep, leyenda del Ajax que se había rehabilitado en Francia tras su paso por Valencia. Junto a ello el extremo zurdo del Estrella Roja Dragan Džajić, uno de los mejores balcánicos de todos los tiempos o el defensa ex-Feyenoord Wim Rijsbergen.

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Los mejores jugadores de la historia del club arropaban a estos talentos de paso, los centrocampistas Charles Orlanducci y Claude Papi, cerebro del equipo muerto de un aneurisma a los 33 años después de vestir la camiseta azul casi 500 veces. Los entrenaba el veterano Pierre Cahuzac, quien había desarrollado toda su carrera de técnico en Córcega, pasando del Ajaccio, donde fue entrenador-jugador al Bastia en el 71, curiosamente el año de su retirada oficial.

En el 79 el Saint-Étienne firma a un 10 formidable que había colocado al Nancy en los puestos de arriba y vencido en la Copa del 77 frente al Niza, el único título del club hasta ese momento. Era uno de esos jugadores que a la vez comienza y termina un equipo. Nombre: Michel Platini.

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El mejor futbolista francés desde Raymond Kopa, era una figura sobre la cual levantar un gigante. Un jugador marcado para cambiar la retórica perdedora europea de las escuadras francesas. Sucedió, que no estuvo el tiempo suficiente y que, en cierto momento, su propia estatura como jugador precipitó la caída del club como institución.

Con Platini el Saint-Étienne cambió sus aspiraciones. La Liga continuaba sin domesticar pese al empeño de un Nantes que luchaba a brazo partido por hacerlo logrando dos campeonatos separados por dos años en los cuales fue relegado al segundo puesto por el Mónaco y un sorprendente Estrasburgo.

Larios

Les Verts se colocaban poco a poco y en el 80 tenían un equipo que ya solo podía ganar. Así lo hizo. Por dos puntos se impuso al Nantes en Liga, pero la Copa, esta vez, le esquivó dos veces consecutivas contra equipos que habrían su palmarés: primero contra el Bastia, donde ya militaba el genial camerunés Roger Milla y después contra el PSG en el 81, en una legendaria final que los parisinos vencieron por penalty frente a un Saint-Étienne que ya estaba muerto entonces.

Al final, resultó que aquello no era el principio de un nuevo ciclo, sino el final de toda una historia. Una epílogo que el fútbol concedió a un gran equipo. Uno no exento de crueldad, como esa ronda previa de Copa de Europa en el 81 donde el Dinamo de Berlín, el gran equipo de la Oberliga, finiquitó con 3 goles la nueva aventura internacional. El Saint-Étienne sufre además la traición del padre.

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Roger Rocher, la figura familiar que encarna los valores stephanois, es cazado por la prensa y la judicatura. Tras el funcionamiento impecable del club se esconde un chanchullo de dinero negro y cajas B que estalla en mitad de la consecución del último título. Ingresos por entradas, por ventas de material, etc…eran desviados en contabilidades opacas y servían tanto para pagos de los jugadores con contratos más altos como de fuente de ingresos para el propio presidente o el entrenador, Herbin, quien dejaría el club en el 83. Durante dos años se ocupará del Olympique de Lyon, pero ambos se irán a la 2ª División.

La decepción fue mayúscula. La política de contrataciones, que había traído al club a Platini primero y luego a Rep o a los defensas internacionales Battiston y Mahut desde el Metz, rebotó con violencia. Se había tratado de acelerar el proceso, convirtiendo al Saint-Étienne en uno de los caníbales de la Liga.

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Era ir contra la naturaleza del club, contra aquello que había funcionado y las consecuencias fueron devastadoras. Asfixiado y con la amenaza de sanciones pendiente el club desciende a 2ª división en 1984. Volverá tres años después, pero como una sombra de lo que llegaron a ser.

Son años duros para los equipos clásicos, con O.Marsella, Niza, Stade Reims, Montpellier o Rennes peleando por el ascenso en una durísima 2ª organizada en dos grupos. El Lyon sufrirá por ascender hasta la 88-89, sus grandes rivales lo conseguirán antes, en la 85-86.

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En la mitad de estos sucesos sus mejores jugadores se han desbandado. En el 80 ya había tenido que vender a Rocheteu al PSG. Después será Platini quien se despida hacia una Juventus demoledora en un Calcio que comienza a alzarse como potencia económico-futbolística, Larios firmará con el Atlético de Madrid en el 83 pero no llegará a jugar, iniciando un peregrinaje por diversos equipos hasta su retiro en Montpellier ya en 1988.

También Rep se marcha de vuelta a Holanda. Pocos se quedan, en realidad. Tampoco existen los medios para mantenerlos. Zanon resiste hasta última hora, pero termina por aceptar una oferta del O.Marsella. Oleksiak, el central y Jean Castaneda, el portero, son el vínculo que queda en 2ª, los vestigios del último gran equipo que pudo ser y no fue. Uno se irá al Niza en el 86, el otro, carismático ídolo de la afición, resistirá en el club hasta el 89.

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El playoff de ascenso se atraganta el primer año, perdiendo contra el Rennes. Pero el segundo se impone en su grupo frente al Arlés y al Lyon y logra la plaza directa. Para las aspiraciones al regreso será fundamental un viejo rival del Bastia, Milla, quien disputa estos dos años en el purgatorio para Les Verts. Tenía ya 34 años y anota más de 40 goles.

Pese a que fue el polaco Henryk Kasperczak quien cerró el ascenso, el retorno a 1ª es también el retorno de Herbin. Kasperczak, que había sido parte de la gran selección Polaca de los 70, se hizo un nombre en Francia entrenando al Metz, volvió a la 2ª para ascender también al Estrasburgo, a quien luego no pudo salvar de un rápido descenso tras el cual se embarca en el naufragio del Racing Club, por entonces Racing Paris 1, con quienes también desciende pero con los cuales disputa una final de Copa frente al Montpellier.

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El Saint-Étienne, en definitiva, había vuelto, pero todo había cambiado a enorme velocidad. El Girondins de Burdeos cerraba su propio ciclo, con el Nantes como alternativa eterna y cuando parecía llegar el turno del Mónaco, campeón en la 87-88, la historia misma de la Liga francesa da un vuelco: llega el gran dinero. Un nuevo modelo de negocio, una superestructura para la Liga francesa se fragua en el cambio de década entre el Olympique de Marsella de Bernard Tapié y el Paris Saint Germain de Canal +. Un intento de suprarrivalidad artificial rota solo (y de nuevo) por los escándalos de corrupción.

Lo que ocurre es que cuando la burbuja explotó, el Saint-Étienne ya no estaba allí. Permanecían, siempre, Nantes y Mónaco, incluso el Girondis más tardíamente, pero el lugar de Les Verts fue una vacante que rápidamente ocuparon Auxerre, Metz, Lens…e incluso un Olympique de Lyon embarcado en un ambicioso plan de reestructuración que a largo plazo eclosionaría en la mayor saga del fútbol francés.

Platini

El Saint-Étienne se diluye. Pierde lo especial y se convierte en un equipo más. Se instala en mitad de la tabla y a veces mira un poco más arriba pero enseguida se acostumbra a hacerlo más abajo. En la 94-95 se asoma al descenso. Al año siguiente, se cae por el hueco.  Exjugadores como el delantero Christian Sarramanga o Jacques Santini intentan desde el banquillo dar sensación de continuidad, sucedido por un técnico como Elie Baup, quien en unos años ganará la Liga con el Girondins, formado en las inferiores.

Hay algún jugador interesante, caso de Laurent Blanc o formados en la casa pero triunfadores fuera caso del excelente portero Grégory Coupet, en Lyon, o el histórico del Bayern Willy Sagnol, ellos usan al equipo como estación intermedia.

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Pero ni con ellos u otros ascendidos al primer equipo como el delantero Titi Camara o el medio tunecino Adel Chedli hay nada que hacer. El equipo no permanece junto lo suficiente para sustanciar en algo y con otro ex, Dominique Bathenay, el club regresa a 2ª para caer todavía más bajo.

En una Ligue 2 ya unificada terminando decimoséptimo dos años consecutivos salvado primero por los goles del senegalés Samba N’Diaye, de inmediato traspasado al Nantes y luego por los de Didier Thimothée, a quién había reclutado del Red Star parisino y a su vez venderán al Montpellier. Las aspiraciones del Saint-Étienne, se han recalibrado de nuevo; ahora la cuestión es sobrevivir.

A. S. DE SAINT-ÉTIENNE - Saint-Étienne, Francia - Temporada 1980-81 - Christian Lopéz, Santini, Gardon, Castaneda, Battiston, Colleu y Lestage; Garonnaire, Platini, Oleksiak, Zanon, Rocher, Bellus, Wolf, Roger Rocher (presidente); Briet, Paganelli, Roussey, Janvion, Curkovic, Zimako, Larios, Elie y Robert Herbin (manager) - Plantilla del Saint-Étienne que en esta temporada se proclamó Campeón de la Liga de Francia

El equipo asciende finalmente, como campeón de la Ligue 2, en la 98-99. Es Robert Nouzwet, seleccionador de Costa de Marfil hasta poco antes y jugador del O. Lyon en los 60 quien ocupa el banquillo. La trayectoria, de nuevo, será corta y amarga. Un sexto puesto y unas semis coperas en la reentrada y un descenso directo al curso siguiente. Al parecer esa es la nueva categoría del equipo con el mayor palmarés de Francia: ser un conjunto ascensor. El equipo ofrece muy poco y el nuevo ecosistema va conformándose. Veteranos de mil equipos y jóvenes de origen centroafricano.

Rudi García, luego campeón con el Lille tiene su primera oportunidad, promocionado al puesto de técnico desde la cantera. En 2003-04 un nuevo ascenso como campeón. Si en su anterior regreso la Ligue 1 vivía uno de sus pasajes sin dueño, ahora está sometida al imperio del Olympique Lyonnais, pronto relevado por el del PSG tras otro periodo de libertad.

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Pasa dos temporadas al filo entre 2008 y 2010, pero esta vez resiste al viento y al fin se estabiliza. Está muy lejos de competir, pero tampoco lo reduce todo a la supervivencia. Es un equipo modesto, una gloria ajada que se ha acostumbrado a otra cosa. A los futbolistas juveniles de paso, a vender, a trabajar con lo justo.

En 2011 firma desde el decaído Mónaco al delantero Pierre Emerick Aubameyang, hijo de un gabonés que había jugado profesionalmente en Colombia y una española. Formado en el Dijon es un delantero feroz, rápido y elástico y el salto de calidad es inmediato.

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En compañía de jugadores como los mediocampistas Jeremy Clement, Josuha Guilavogui y el argentino, también ex-Mónaco Alejandro Alonso, el volante rumano Bănel Nicoliţă o el veterano delantero brasileño Brandão el Saint-Étienne llega a liderar brevemente la liga en 2011, aunque terminan décimos con el Lille campeonando, alcanzan un nuevo título en 2013 con la victoria en la Copa de la Liga (competición creada en 1994) frente al Rennes y se mete en UEFA como cuarto al año siguiente, ya sin un Aubameyang traspasado al Borussia Dortmund.

El artífice fue el entrenador desde 2009 Christophe Galtier, un antiguo defensa del Marsella formado como asistente en diversos equipos, el Lyon entre ellos, que solo contaba con la escasa experiencia de un año en el Aris de Salónica. En el banquillo hasta 2017, donde ha dejado al equipo octavo y despedido del club tras suceder con dignidad a Herbin como entrenador con más años dirigiendo los colores verdes.

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